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Como un cuento
Por Mariana Taglio
Érase una vez,
y no hay mejor introducción para una historia que esta introductoria, valga la
redundancia, frase, que da el puntapié inicial para narrar un breve relato que
comienza pero no termina aún porque la gramática de la vida considera incorrecto
poner un punto final cuando ni siquiera se ha llegado al punto y coma. Está en
mi naturaleza irme por las ramas visto que los árboles llaman mi atención y en
este caso considero que deberían ser un ejemplo a seguir, se trata de especies
vivientes que nacen de una pequeña semilla y crecen a lo largo de toda su vida,
dando frutos y hojas, renovándose en cada otoño-invierno, para embellecer luego,
en cada primavera-verano. Y aún así, estos verdes seres vivos, no se acicalan
vanidosamente, su reflorecimiento es vital para cada uno que con destemplada
arrogancia los tala. Si pudiésemos ser un árbol, llenaríamos nuestro pequeño
entorno de oxígeno, otorgaríamos sombra, le daríamos un brazo para cualquier ave
que desease construir su nido, y ofreceríamos bellísimas hojas y flores para que
quien nos observe, se regocije con la vista.
Pero los
árboles, por más que hablen y se agiten cuando el viento los estremece, son
seres estáticos; y nunca supe (a excepción de mis cuentos de hadas) de árboles
que caminasen, llenando de oxígeno varios pequeños entornos, otorgando más y más
sombra, dándole un brazo a todas las aves que de hemisferio a hemisferio existen
y cuyo nido anhelasen allí construir, ofreciendo bellísimas hojas y flores para
que todos los pobladores del mundo se regocijaran con la vista. Definitivamente,
un árbol jamás podría transportarse de un lado a otro, pero eso no quita el
hecho de que vive desinteresadamente, sin darse cuenta quizá que su mera
existencia le proporciona vida a tantas otras creaciones de la madre naturaleza.
Y de cualquier manera esa tarea no puede hacerla solo, necesita de otros tantos
más para cumplir con la misión que el universo le dio.
Me tomo ahora
el atrevimiento de personalizar una vez más, puesto que al haber llegado a este
punto se me ha revelado una verdad, y eso que yo no creo en las verdades si no
en las opiniones de un sinfín de personas, pero hay tanta veracidad en estas
palabras que no son mías si no de un gran dramaturgo y se encuentran en la
portada de uno de sus libros, no son más que simples palabras tan llenas de
sentido que casi puedo tocarlas: “los árboles mueren de pie”. Quien sabe si
Alejandro Casona pensó en algún momento crear cierta analogía con lo que a mi se
me viene a la mente en este preciso instante, quien sabe si él pensó alguna vez
que los hombres deberíamos morir de la misma forma, de pie, entregados al
servicio y no yaciendo sobre una superficie esperando un servicio, fúnebre,
claro está.
Imagino un
bosque entero dedicado al servicio, ¡cuántos frutos de allí podría recoger,
cuánto aire podría respirar, y cuánto bien le harían esos árboles a la
humanidad!. Mas el problema subsiste, un bosque por más extenso que sea, no
puede transportarse porque, insisto, sus habitantes, no tienen pies. Si tan sólo
se esparciesen un poco más…
Quiera el
lector tener la ambigüedad que caracteriza a todo buen lector, de molestarse y
agradarse con leer la repetición de esas tres palabras que a comienzos de este
escrito mencioné y que tienen por intención ubicar en tiempo y espacio una
verdadera historia que en mi mente parece extraída de un gran libro de cuentos
de hadas pero que difiere en algo tan minúsculo que parecería imperceptible y es
que esta historia por más fantástica y maravillosa que sea, es real; érase una
vez, en una cercana tierra llamada Villa Urquiza un grupo de jóvenes intrépidos
que poseían brazos en vez de ramas, risas en vez de hojas, sueños en vez de
pimpollos, habilidades en vez de flores y una corteza más firme y resistente que
la de un árbol, porque debía proteger sus corazones que tan valiosos eran, ya
que daban vida a todas las partes del cuerpo, pero más importante aún, eran sus
piernas, nada más y nada menos que las extremidades locomotoras que impulsaban
su traslado hacia cualquier parte donde pudiesen esparcir sus frutos y sus
semillas, las mismas que cierta entidad de renombre internacional nombró como
semillas del amor, visto que sin este preciado sentimiento, estos efebos no
hubieran tenido esperanza alguna de lograr la paz en su problemático mundo. Y a
pesar de toda similitud que pudiesen presentar con los árboles y mejor dicho con
un bosque ya que sus ofrendas eran en cantidad cuando entre todos disponían a
servir a la comunidad y a sí mismos para su constante formación, no se trataba
más que de simples seres humanos, y simples aquí es una palabra que se vacía de
significado, pierde sentido porque aunque de humildad y tolerancia se armasen,
lejos estaban de caer en la simpleza. Estos individuos eran proveedores de un
aire mejor que el oxígeno, el aire del servicio y ¡vaya, cómo se hinchaban las
narices al respirar en tan renovada y solidaria atmósfera!
Comenzaron un
11 de septiembre de 2008 a agruparse bajo el nombre de Rotaract Club De Villa
Urquiza con la ayuda de un caballero de la orden rotaria que se llamó a sí mismo
asesor, su nombre era Matías Montico. Estos jóvenes que preferían mantenerse en
el anonimato y actuar bajo el nombre de Rotaract llevando bien en alto el
baluarte de esta organización mundial pensada para todos las mujeres y hombres
de entre 18 y 30 años que creían que podían hacer la diferencia, mediante
proyectos de servicios, comunitarios e internacionales, ayudaban a mejorar la
vida de quienes los rodeaban, al igual que los árboles, y se embellecían, tal
como ellos, con el desarrollo de todas sus habilidades de liderazgo y
profesionales, estableciendo así con cada paso que daban un nuevo grupo de
amistades.
Los guerreros
en acción, más conocidos como Rotaractianos desataron grandes batallas por la
ética, el respeto, los derechos, las oportunidades, la buena voluntad, la
comprensión y la tolerancia entre distintas naciones. Pero cuanto tiempo más
habría de aguantar el lector sin enterarse de los nombres (y aquí me permito un
juego de palabras) de estos honorables y distinguidos mozuelos, no hay razón
alguna para mantenerlos en las penumbras, porque si hay algo que Rodrigo,
Gabriela, Ayelén, Bernabé, Germán, Juliana, Laura, Ezequiel, María Laura,
Alejandro, Agostina, Diego, Patricia y Mariana no hicieron fue dar sombra, por
el contrario cada uno de ellos asía una antorcha en una mano para alumbrar a
quienes de la oscuridad no podían o no querían salir.
Querido lector,
ha llegado el momento en que los hechos se narran a sí mismos, podemos imaginar
cuantas cosas queramos, pero tengo entendido que la realidad es la mejor
fantasía para soñar. Quizá con el tiempo los Rotaractianos se conviertan en una
historia más de un libro de elfos, gnomos, princesas y dragones, pero le aseguro
que cualquier similitud con un cuento de hadas es mera coincidencia, esta
estirpe sigue más viva y más real que nunca.
Mariana Taglio |